Antes de publicar un expediente hay un recorrido que casi nadie ve: escuchar el relato completo, contrastarlo con vecinos, revisar notas de campo y decidir qué se puede afirmar y qué queda como testimonio sin verificar. Aquí explicamos ese orden de trabajo, los tiempos habituales y los límites que nos imponemos cuando una historia no se puede comprobar.
Cada caso que entra al archivo sigue el mismo recorrido. No es un proceso rápido ni pretende serlo: entre la primera llamada de un vecino y la ficha publicada suelen pasar semanas, y a veces meses. Esto es lo que ocurre en ese tiempo.
Llega por correo o por teléfono, casi siempre con dudas sobre si merece la pena contarlo. Se anota quién lo envía, en qué año ocurrió y si hay testigos dispuestos a hablar. Si el relato viene sin fecha ni lugar, se pide antes de seguir.
Visita al lugar cuando es posible, con grabadora y cuaderno. Se toman notas sobre la luz, el estado del edificio y los ruidos del entorno. En pueblos pequeños se habla con dos o tres vecinos por separado para no contaminar versiones.
Los audios se transcriben respetando el habla original, con las pausas marcadas. Después se comparan los relatos entre sí: dónde coinciden, dónde se contradicen y qué detalles aparecen solo en una versión. Esa comparación queda escrita en el expediente.
Se cierra la ficha con ubicación aproximada, década de los hechos y un nivel de verificación: alto, medio o bajo. Ese nivel no mide si algo es cierto, mide cuánta documentación sostiene el relato. Un caso sin testigos ni grabaciones se publica igual, pero queda marcado como tal.
El expediente se publica y queda abierto. Si un lector aporta una versión distinta, una fecha mejor o un dato que corrige lo escrito, se añade como nota al pie. Los casos no se cierran: se amplían. Esa es la parte del proceso que más tiempo ocupa a largo plazo.
No publicamos una historia el mismo día que la recibimos. Antes hay una conversación, una ficha, una visita si se puede y una decisión sobre qué se cuenta y qué se deja fuera. Estos son los puntos que marcan el ritmo real de cada expediente.
La persona cuenta lo que vivió a su manera. No interrumpimos para encajar el relato en un guion. Grabamos, tomamos notas y dejamos que aparezcan los detalles pequeños: el ruido de una puerta, la hora exacta, quién más estaba en la casa.
Si hay vecinos, familiares o alguien que estuvo cerca, hablamos con ellos. Cuando los relatos coinciden en algo concreto, lo anotamos. Cuando se contradicen, también: esa diferencia forma parte del expediente y se publica tal cual.
Nunca publicamos una dirección exacta de una vivienda habitada. Indicamos la zona, el tipo de lugar y la década en que ocurrieron los hechos. Así el caso se puede situar en el mapa sin exponer a quien todavía vive allí.
Cada expediente lleva una marca clara: alto, medio o bajo. No es una nota sobre si creemos o no, es un aviso sobre cuánta documentación respalda lo contado. Un audio conservado no pesa lo mismo que un recuerdo de hace cuarenta años.
Entre la primera conversación y la publicación pueden pasar semanas. Depende de las visitas, de las respuestas de los vecinos y de si el relato necesita una segunda grabación. Preferimos tardar a publicar algo a medias.
Si quieres ver el orden completo de estas fases, está detallado en nuestro proceso. Y si tu caso ya está listo para contarse, puedes escribirnos desde contacto.